Por qué el bienestar empieza por bajar el ritmo

Slowlife: Cómo vivir más despacio y sin estrés.

El miedo a perdernos algo, FOMO (fear of missing out), nos lleva a querer hacer un máximo de cosas en el menor tiempo posible.

Nos entrenamos para hacer malabarismos con la multitud de tareas con las que nos cargamos para no bajar el listón de la productividad. 

Un hueco en la agenda genera vértigo, ¿y si estamos cayendo en la pereza? Hasta el ocio se gestiona como un trabajo a tiempo completo, hacer mil cosas está bien visto. Pero quizás el precio a pagar por esa bulimia de actividad, estrés, burnout, ansiedad, no vale la pena.

¿Qué es el slow life?

El slow life (o vida slow) es un enfoque que propone reducir el ritmo de forma consciente, comer, pensar, leer o respirar más despacio, para vivir con más atención y menos estrés.

La acción es necesaria cuando la situación impone hacer algo, frente a la adversidad o cuando se presenta un problema actuar rápidamente ayuda a reforzar la autoconfianza y el control sobre la propia vida. Pero también es necesario saber parar, si sólo actuamos sin prestar atención los problemas lejos de resolverse pueden multiplicarse.  

No saber moverse a un ritmo más pausado, prestando atención a lo que se hace, cultivando la concentración, es una consecuencia directa de la cultura fast, lo queremos todo para “ya”. El cerebro adopta un ritmo que nos impide mantener el foco, analizar o simplemente contemplar lo que nos va ocurriendo momento a momento. Por eso nos volvemos esencialmente reactivos/as, y podemos perder de vista los daños colaterales de no parar un momento a pensar.

¿Qué podemos hacer? Parece obvio que deberíamos hacer menos cosas, o hacer sólo una cosa a la vez. Pero vamos a poner el foco en algo mucho más efectivo: hacer las cosas más despacio. Leer más despacio, pensar más despacio, comer o respirar más despacio. Puede parecer demasiado simple, pero hacerlo todo más deprisa multiplica la probabilidad de cometer errores, si no tenemos tiempo para hacer las cosas bien, ¿cuándo tendremos tiempo para volver a hacerlas?

Ir “a mil por hora” es insostenible para el cuerpo y la mente, al final perdemos la capacidad de prestar atención y de concentrarnos debidamente en una tarea, el resultado suele ser más estrés y más ansiedad. Más que un movimiento marginal, el “slow life” es una sabiduría vigente desde hace siglos, es la necesidad de cultivar la atención, la observación y la contemplación para entender mejor nuestro mundo y entendernos mejor a nosotros mismos. Todo empieza con una pregunta fundamental: ¿Por qué tengo que ir tan deprisa?

7 Prácticas para bajar el ritmo, reducir el estrés y la ansiedad

Aunque parezca un concepto simple, bajar el ritmo requiere de práctica, como cualquier otro hábito. Hay que saber que iremos a contracorriente y por lo tanto será necesario mantenerse firmes y perseverar, he aquí algunas sugerencias para lograrlo.

1.- El primer ejercicio es aprender a observar el propio cuerpo, auto-escanearse para darse cuenta si hay tensión en el cuello, si notamos la cabeza muy cargada o si somos incapaces de concentrarnos… Si es así, es necesario parar, no para hacer otra cosa, sino para “no hacer”, sólo seguir observando cómo las tensiones se van disolviendo y la respiración adopta un ritmo pausado que genera calma y descanso.

2.- Puede ser muy útil poner una alarma o dejar un post-it a la vista para recordarnos “parar o ralentizar” cada dos o tres horas máximo. Aprovechar ese momento para respirar profundamente y moverse muy despacio por el lugar en el que estemos. Caminar muy despacio, prestando mucha atención al movimiento, es una de las prácticas más eficaces para reducir estrés y tensión.

3.- Muchas de las tareas que hacemos a toda prisa podríamos hacerlas sin problema al 75% o al 50% de la velocidad, como escribir un informe o preparar una cena. El concepto es hacerlo “con atención y suavidad”, ni demasiado deprisa ni demasiado despacio.

4.- Cuando la mente se acelera y los pensamientos se agolpan, es bueno dar un paso atrás y pasar revista a los pensamientos que surgen. ¿Estos pensamientos son útiles o estamos rumiando por enésima vez un problema que aún no se ha producido? Este proceso ralentiza el pensamiento y facilita también que podamos identificar mejor y soltar los pensamientos que no conducen a nada.

5.- Probablemente la práctica más difícil sea la de “decir no”. Esta dificultad para descartar cosas, como la dificultad para deshacerse de la ropa acumulada y no usada en los últimos años, es la causa de que la agenda se llene de cosas que hacer. Es más fácil parar y bajar el ritmo si no hay veinte cosas en la lista. En realidad, decir “no” es decir “si” a lo que nos parece más importante y merece que le prestemos más atención.

6.- Asentarse firmemente en la realidad, de manera serena y consciente, implica la capacidad de poder pararse a observar, a contemplar, lo que nos rodea, a las personas que tenemos al lado o que vemos pasar, observar también lo que pensamos, lo que sentimos. Ese tiempo de parar y contemplar es el que nos descubre quienes somos de verdad y hacia dónde queremos ir. 

7. Estudios como Global Digital confirman que pasamos una media de 5 horas al día mirando la pantalla del móvil. Este tiempo “ultra procesado” es tan dañino para el cerebro como la comida “ultra procesada” lo es para el hígado. Hoy el ejercicio clave para cuidar la salud mental y el bienestar emocional es “parar” el consumo de móvil al menos media hora antes de comer y unas dos horas antes de acostarse.

El ritual del hammam: el slow life aplicado al cuidado del cuerpo

Pocas prácticas encarnan mejor el arte de ir despacio que el ritual del hammam. Frente a la ducha de dos minutos que encajamos entre tarea y tarea, el hammam propone justo lo contrario: entrar en calor sin prisa, dejar que el vapor ablande la piel y el pensamiento, y cuidar el cuerpo con gestos heredados de una tradición que lleva siglos entendiendo que el bienestar necesita tiempo. 

Nuestra Crema de jabón negro prepara y suaviza la piel, y el Guante Kessa de ramio la exfolia después con esa fricción lenta y consciente que convierte la higiene en un momento de reencuentro con uno mismo. En El Jardín de Hammam reunimos estos productos ancestrales precisamente para eso: para convertir el cuidado personal en tu ritual slow favorito, ese momento de la semana en el que el reloj, por fin, deja de correr.

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El autocuidado como ritual: cuidar el cuerpo la mente y el tiempo
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